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Guillermo Scully Fuentes
 
LAS FORMAS, EL COLOR Y LAS AMIGAS
Francesca Gargallo
Guillermo Scully Fuentes era el padre de mi hija y era mi amigo, uno de aquellos con los que me divertía más: la más estrafalaria mezcla entre un indiscreto absoluto y un hombre púdico.
Era un pintor que sacaba su pluma y su tinta china en la mesa de la cocina mientras cinco personas preparaban la cena, que se indignaba junto con la feminista hondureña Melissa Cardoza por el fondo feminicida del neoliberalismo, que invitaba a sus amigos Fito y El Negro a rescatarlo del amor que lo atrapaba y con el cual pasear de cantina en bar en covacha por la noche implicaba un salto en el tiempo y la posibilidad de escucharlo decir: “Yo soy el Aleph; sólo yo soy tan puro y puedo caer tan bajo como el Aleph, Borges me inventó”.
Guillermo dibujaba el movimiento y caminaba, captaba sobre papel el baile, los saltos, el correr por los cañaverales de mujeres-ménades y hombres-espartacos indo-afroamericanos. Hace unos veinte años nos pasábamos las tardes en el Salón Colonia; era un fan de los Hermanitos Caramelos enfundados en sus trajes celestes y verde pistache que bailaban danzón como una pareja de ángeles, pero sobre todo estaba intentando captar la sensualidad de una mujer muy bella, muy vieja y muy gorda, que trasudaba melancolía al mover sus brazos con la cadencia del amor perdido. A las 11 de la noche, el salón cerraba y nosotros emigrábamos hacia el estudio de su amigo Fabián Rizzo, un parque, la Casa de René, una fiesta de cacatúas intelectuales, el Zócalo, la sobremesa de una conferencia sobre el Quijote organizada por Luis de la Torre, una boda de desconocidos donde nunca supe cómo él era el invitado más atendido, el hermosísimo penthouse de Jorge López Páez o la casa de su amiga Virginia, desde siempre enamorada de su Flaco. Guillermo necesitaba ahogar en amigos la soledad que tanto lo asustaba.  
Amaba a algunos pintores con la ingenuidad del aprendiz y la presencia del colega; que me diga Javier Arévalo si en algunas ocasiones no lo obligó a una serísima reflexión que luego lavaron con litros de mezcal. Pero era tímido como un campesino y era incapaz de presentarse en el estudio o la vida de alguien que no hubiese conocido bebiendo o al que no fuera presentado formalmente; por lo tanto, siempre se quedó con las ganas de hablar con Francisco Toledo.
Los instrumentos de viento, a cuya pomposidad y estridencia se parecía tanto, lo enamoraban como los bellos zapatos. Le decía a otra apasionada de los calzados, su amiga Amalia Fischer, la feminista lesbiana que escogió por hermana de reflexión antimisógina: “Quiero ser capaz de mover las ondas sonoras del trombón sobre el papel y hacer que los pies de mis bailarines muestren el brillo de sus zapatos”. Luego se mostraban uno a otra esos tenis converse planos que calzaban (y que son los únicos que usa mi hija, probablemente por un afectuoso afán de imitación).
Últimamente nos veíamos poco, yo me la paso viajando y, cuando no, leyendo o durmiendo por las noches. “Ay doctora” (me llamaba doctora con el mismo irreverente tonito con que llamaba Nananina a la literata Aralia López y “negróloga” a mi maestra Luz María Martínez Montiel, para cuyo museo ofrendó una díptico de Adán y Eva afromexicanos), “Ay doctora, estoy a punto de dar el salto. Lo siento, lo siento”, me decía cuando venía a esperar a su hija para llevarla a comer a uno de los nuevos restaurantes de la Condesa o a un cuchitril sobre Medellín donde fríen el pollo con un aceite que le recordaba la cocina de sus tías zapotecas.
María Romero nos contó a Rosario Galo Moya y a mí que cuando llegó de Sinaloa a La Esmeralda, Guillermo fue su primer amigo. La llevaba por los bares del Centro Histórico protegiéndola de los borrachos a los que toreaba con pases fantásticos: “Fue mi primer amigo en el DF y todas las calles del Centro llevan para mí sus pasos: él me enseñó a ver a las piedras y a su gente”. Su otro gran amigo pintor, el mexiquense Carlos Gutiérrez Angulo, de pocas y casi asustadas palabras, subrayaba lo dicho por su amiga: “El maestro Scully es el mejor dibujante de mi generación. Sí, es un dibujante: para él el color es un accidente de la forma; pero así como ha caminado todas las calles del centro, supo lanzar sus manos detrás del trazo en todos los papeles. Scully caminaba y dibujaba con la misma intensidad”.
Pedir anécdotas sobre la vida de Guillermo a sus amigas, primera entre ellas a su hermana-cómplice Gisela, es como pedirle sal a la mar: las hay en abundancia. Quizá porque en nombre de una noche de amor era capaz de perdonarlo todo y de las personas sólo vivenciaba y recordaba lo bueno, como de su engreído compañero de prepa Christopher Domínguez, quien, como cumplido militante, intentó inscribirlo al Partido Comunista Mexicano una tarde saliendo de las aulas del UNITEC.
A su hija, a mí, a Ruth García-Lago con quien vivió por ocho intensísimos años, a sus cientos de amigas y amigos, y quizá a alguna de esas novias que supieron quererlo a pesar de que como compañero fuera insoportablemente inaprensible, nos quedan sus pasos. Su más precisa enseñanza fue que quien anda en auto pierde el movimiento telúrico que se siente cuando los pies se deslizan por la tierra o el asfalto, que el arte es un paso dado. Sí, Guillermo Scully también era un ecologista.
Y fue el entrañable cómplice de Osvaldo Caldú cuando, entre calderos y fogones, el chef argentino cofundador de GULA decidió actuar contra la invasión de Irak y llamó a comer a los y las que luego formaron el grupo Arte en Guerra contra la Guerra.
Y era el fundador, inventor y único portavoz del Neosurrealismo Lúdico, movimiento pictórico que se sacó de la manga cuando su amigo Gibrán Bazán lo entrevistó acerca de una tela con sus rostros mestizos insertos entre lunas elefantes dromedarios y esferas, imágenes que le recodaban a Leonora Carrington tanto como a Guayasamín.
Y el convencido donante de obras para la lucha contra el feminicidio en Ciudad Juárez, el DF y Guatemala. Y el amante de la poesía de Kavafis en las noches de insomnio, de los versos de Xhevdet Bajraj en la colonia Roma y, en la Santo Domingo, de los de Eduardo Mosches. Y el papá que cuidaba que su amada Helena no bebiera más de una cerveza en fiestas donde el mezcal corría por litros y que él amenizaba bailando como un John Travolta tropical, cayéndose de mesas y sobre pisos encerados. Y el apasionado de los jazzes étnicos de todo México (cuando no de las más caseras grabaciones beliceñas o venezolanas). Y... Guillermo era también, y también, y también.

Un viaje  de colores
Eduardo Mosches
  
                                    A Guillermo Scully y su despedida
                                        5 de febrero 2011
                                   

El saxofón lanzó al aire en la estridencia musical
un amarillo envuelto en un limón , mientras el pintor
transformando   notas musicales,
pincelaba  por el tejido entramado de la tela para crear
historias de antiguos cabarets

Entre cuentos plenos de vértigo
narrados en la noche,
 jugaba al  perderse en  volteretas ,
 acompañado de esa niña que saltaba
en la cuerda de la sonrisa, mientras como padre
transmitía leyendas  en tonalidades amorosas

 Embadurnar en  largos lienzos risueños 
que se hacían faldas, para cubrir rodillas de mujeres,
destellos de caderas en el eclipse de las luces,
 los amores se urdían en esmaltes  y pigmentos,
jugueteaban con la música lanzando anilinas mordaces ,
 el pintor relataba historias y vivía otras


La lumbre de copas nocturnas
hacían sombras,   
en  escalera ascendente ,
rumbo a la luna rebanada ;
él  deambulaba sensual,
 sin rumbo a pasiones deseadas,
 de puerto en  puerto.

En un momento de descuido
cruzó la inesperada línea de lo otro,
se lanzó a navegar junto a Caronte,
 bebieron  mezcal y fumaron un cigarro.

Se despidió con brusquedad,
golpeó sin avisar en la puerta del no retorno,
 dejándonos en compañía de sorpresa,
mi  asombro está colmado de dolor.

 Puede que después de las lluvias salga un arcoíris.

Guillermo Scully, pintor (1961-2011)
Ignacio Trejo Fuentes

La madrugada del cinco de enero falleció, a consecuencia de un infarto, el artista plástico Guillermo Scully Fuentes. Nació en 1961 en la Ciudad de México, aunque vivió en su niñez en Córdoba, Veracruz, de donde su familia es originaria.
Guillermo estudió en La Esmeralda, y se le consideró artista figurativo a veces, expresionista otras; y algunos críticos lo etiquetaron como neosurrealista. La verdad es que soy lego en asuntos de artes plásticas, mas eso no me impide decir que disfruté cuanto trabajo de mi amigo conocí: lo vi trabajar en plena madrugada sendos cuadros que requería para completar la exposición de parte de su obra la tarde siguiente en una galería capitalina. Era asombroso atestiguar cómo de un lienzo inmaculado iban surgiendo figuras que, literalmente se movían, bailaban. Porque su temática central era precisamente la música, el baile. Decenas de músicos de fisonomía caribeña, mulata, casi negra, aparecen en los cuadros de diferente formato del artista tocando saxofones, flautas, tambores; sobre todo saxofones. Y también se aprecian racimos de bailarines con la misma fisonomía entregados a los exquisitos delirios del dance. En los lienzos de Memo se respira la rumba, el jazz y el danzón: pareciera que quienes apreciamos los cuadros estamos ahí, arrobados por la orquesta o por el trío…
Conocí a Guillermo hace muchos años, y hace por lo menos quince escribí sobre él en mi columna “Salivero” del suplemento sábado, del diario unomásuno. Como no era —ni soy— experto en esa materia, destaqué algunas de sus cualidades como ser humano, como amigo. Era un hombre muy guapo, y tuvo siempre un éxito arrollador y envidiable con las damas. Si a eso agregamos su proclividad a recorrer restaurantes, cantinas, “antros” y todo lugar que oliera a fiesta o a pecado, y su generosidad a toda prueba, podría entenderse ese halo de felicidad que solía rodearlo. Contaba chistes asombrosos, para especialistas, y puedo asegurar que fui de sus celebradores preferidos. Él y yo nunca hicimos una cita, porque sabíamos que habríamos de encontrarnos en el sitio y a la hora menos imaginados.
Precisamente el fin de semana previa al de su muerte estuve con él (y con los escritores Javier García-Galiano, Marcial Fernández, Víctor M. Navarro, Carlos Miranda, Óscar Cossío, Vicente Francisco Torres, Rafael Vargas Pasaye y otros amigos) en una cantina; luego, algunos fuimos a su estudio (que es bellísimo, casi una galería, decorado con un gusto exquisito) y más noche a un lugar donde se puede conversar, beber y bailar toda la noche. No sabíamos que era nuestra despedida definitiva. Nos invitó a celebrar su medio centenario de vida y a inaugurar su estudio el próximo seis de marzo. Brindaremos y bailaremos en su honor (en su velorio hubo tragos, y música con jaraneros veracruzanos). Tenía en puerta exposiciones en México y en Europa.
Con la escritora Francesca Gargallo procreó a Elena, quien debe tener quince o dieciséis años: a ambas les envío un sincero abrazo solidario. Descanse en paz el gran Scully.

El Scully se pintó de colores
A pocos días de cumplir 50 años, falleció el pintor mexicano Guillermo Scully. Egresado de la mítica Esmeralda, fue un sumiso militante de la bohemia en bares, tugurios y cabarets, donde halló la plástica perfecta para desarrollar sus obsesiones. 


Foto: Helena Scully
No es insólito que en cientos de casas, cafeterías, galerías o salas de subasta ahora mismo haya un Scully colgado o a la espera de ser exhibido o negociado. Y es que sumado a su prolífica carrera y una obra que cotizaba al alza en el mercado de arte, el pintor figurativo —que chambeaba con jazz de fondo— solía ofertar (malbaratar) sus creaciones por la zona centro de la capital mexicana. Como casi ningún amigo, restaurantero o galerista rechazaba sus ofertas, a Guillermo nunca le faltó cash para comer en la cantina, merendar en el bar y culminar el día con un desempance en cualquier pista de baile.
Quienes conocimos al pintor lo recordamos como una persona amable a la par que elegante, de voz pausada, profunda y detalles, como su tupido y bien cuidado bigote, dignos de un exquisito dandy. Cierta tarde de perros, un mesero de la cantina El Centenario, sin que se lo solicitara, llegó a mi mesa con una cuba y los cantantes de boleros detrás. Bebida y complacencia eran cortesías de un amable Scully, quien desde el extremo contrario del local levantó su jaibol y me guiñó un ojo para completar el detalle.
Hijo de istmeños nacido en el DF (aunque a veces mintiera al ubicar a su ciudad natal en Veracruz, incluso Cuba), la fiesta, el arte y las mujeres no sólo tenían prioridad en su vida, sino que pocas cosas fuera de eso despertaban su expandida curiosidad.
Desde su infancia en Córdoba, Veracruz, donde se aficionó al café, al Scully lo sedujeron la gente y la pintura. De dibujar todo lo que veía en la calle, y tras su paso posterior (1980-1985) por la Escuela Nacional de Artes Plásticas, trasladó su oficina a las mesas cercanas a las pista de baile o bajo el escenario en los clubes de jazz, donde explotó su afán extrovertido y cachondón en trazos donde convivían ficheras, pachucos, gánsteres, doñitas, tertulianos o cantineros, junto a músicos de jazz o rumba. En muchos de los cuadros del Scully —fundador de la escuela del neosurrealismo lúdico— destaca la efervescencia erótica, el movimiento permanente y continuos homenajes a la exhuberancia tropical de las culturas afrocaribeñas. Siempre tuvo tiempo para el baile elegante y respetuoso, aunque profundamente lascivo y en un contexto infernal, que para él era producto de primera necesidad. Al ver un lienzo, mural o esbozo de Guillermo, daban ganas de treparse a ese colorido tren y compenetrarse con las decenas de caderas que oscilaban al capricho de la orquesta. Fue en un cabaret donde lo encontré pintando.
Comprometido con la ciudad y sus ambientes, Scully (quien tomó tanto el apellido como el gusto por beber cerveza en galón de su abuelo irlandés), plasmó la estética fichera, hoy relegada a los giros negros en decadencia. Él, que sufría de una profunda adicción por el México bohemio, lo mismo se presentaba como cliente frecuente de un bar de moda en la Condechi, que reiteraba sus pasos en las más legendarias cantinas o lupanares donde retrataba movimientos y gestos, fiel a su encomienda de cronista que insiste sobre la cadencia del ligue y la multiculturalidad de las danzas.
Su desordenada y cabaretera existencia le provocó conflictos permanentes con sus parejas, que ni con castigos conseguían redimir al salvaje que lo habitaba. “¡No me dejes encerrado en la calle!”, gritaba con una mezcla de humor y angustia a una de sus concubinas que una madrugada decidió no abrirle más.
En días anteriores el pintor preparaba emocionado la fiesta de su cumpleaños número 50, la cual ya no pudimos celebrar. Una lástima que tanto el festejo mismo como el mito que él ayudó a construir se vieran truncados por un inesperado infarto al miocardio. Tiene mucha razón el colega Marcial Fernández cuando afirma: “Sin Guillermo Scully la plástica mexicana y la vida nocturna de la ciudad de México serán mucho menos divertidas”.
Juan Alberto Vázquez
      


 

 

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EDITORIAL  
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Como ciudadana consciente, tengo preocupaciones sociales, creo seguir una línea política, tener un pensamiento político. Sin embargo, no pertenezco ni me identifico con ningún partido; el único al cual me siento afiliado es al de la reflexión, de la escritura y de la creación plástica. Y este es humanista e universal.
No puedo abrazar un dogma, una ideología, porque eso pertenece al reino de las relaciones de fuerza. Pero eso sí, tengo principios, unos principios demasiado sencillos posiblemente; intentar conservar la cabeza fría y lo ojos abiertos, no dejarse llevar por la ira, no meter pluma o pincel en hiel o vinagre, causar el menor daño posible en el espacio cívico.
Y dentro de mis posibilidades, aportar, crear y recrear en mi mundo, en el de todos. Siendo fiel al Creador de la vida misma.

Constanza Yáñez
 
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